ELLAS (I)



En serio chicas, no disparéis al pianista.


Me encanta cómo sois capaces de ponernos de vuelta y media y destacar todos nuestros defectos. ¡Lo digo en serio! Siempre que alguna saca el tema levanto mis orejillas cual perruno detective y asimilo toda la información que sale de vuestras bocas, desatando feroces críticas hacia nuestra inoperancia e inexplicable conducta. Máximo exponente son los posts de Adolestreinta en los que nos ponéis de capullos para arriba (¿Moderna de pueblo? ¿¿en serio??). Pero nosotros también sabemos jugar a ese juego. 


Sí amigos, es hora de arremangarse y meterse en el fango. Durante la adolestreinta, la eterna disputa está más presente que nunca, y no me refiero a la rivalidad Madrid-Barça o perros-gatos, os hablo del conflicto hombre-mujer. Desde que Eva hizo lo que le salió del mismísimo y cogió la manzana, liándola así parda para el resto de la eternidad, el choque está servido. El resquemor nunca fue superado. Se manifiesta actualmente en la crispación resultante cuando intentas que ellas como copiloto programen el GPS o cuando intentan que nosotros bajemos la tapa del váter. 

Y precisamente el tema de los capullos y las flores es un buen ejemplo de nuestros problemas de comunicación. Que levanten la mano los chicos que tengan claro el tema flores… ¿Nadie? Umm al fondo veo una mano levantada… ah vale, está haciendo una peineta (¿¿será Barcenas??). Efectivamente compañeros de género, las flores son un ejemplo clásico: si las regalas mal porque eres un anticuado o un hortera, si no las regalas mal porque eres poco detallista o maltratas la naturaleza (pero si precisamente es para que entres en contacto con la naturaleza, que no sales del centro si no es pa ir al IKEA…). Sirva el pequeño detalle de las flores como ejemplo a extender con tantas otras tantas informaciones contradictorias que nos transmiten: slip o boxer, con barba o afeitado, tinto o blanco, felpudo o green de golf (y no me refiero en la puerta), etc.

Y es que chicas, al final no somos más que pianistas tratando que la próxima tecla que toquemos sea la correcta. En ausencia de partitura (el mítico manual de instrucciones de las mujeres) no nos queda otra que ir probando hasta acertar la melodía... 




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