Heridas de guerra

Sí, queridas bestias, no es que yo me flipe (que sí, mucho y a veces demasiado) es que las heridas de guerra molan. ¿Que a qué carajo me refiero? A aquellas caídas que traen consigo una cicatriz, una herida que escuece, pero que te recuerda ese gran momento de gloria que viviste en el que te creías capaz de todo. Pero tienes tus limitaciones, tienes que aceptarlas y ellas está ahí para recordartelo y darte una cura de humildad.


En la última semana podría apuntarme dos puntos más en mi lista de suicidios sociales (justo debajo de aquella gran ostia en la cafetería de la facultad en la que me quedé encajada en el radiador modo ataúd con todo el mundo mirándome, aplauso incluido. Esta es otra gran historia.), si no fuera porque nadie me vio, sólo mi dignidad y ella (cabrona) últimamente se hace la sueca.


Miro mi cuerpo magullado y rememoro... Mi rodilla izquierda tiene un moratón del tamaño de una manzana y   un color modo berenjena que no duele tanto como mi orgullo herido. Todo me pasa por saltar entre seto y seto por las Vistillas al final del concierto de Kiko Veneno. Chicas, no os hagáis las dignas, id acompañadas cuando andéis buscando un rincón oculto y alejado en el que bajaros los pantalones después de tanta cerveza.
Yo tenía el sito idóneo, me había cruzado ya con unas chicas que me lo corroboraron, allí veía mi meta y con ella la victoria. Me encaminaba con paso decidido (o eso creía yo) y de repente... ¡Plash! Ostión. ¿De dónde cojones ha salido este socabón? ¿Se ha abierto la tierra y se encuentra aquí la entrada a los infiernos? Dolió y mucho. Confieso que lloré. Pero no por la caída en sí, sino porque para no partirme la crisma mi cuerpo se rebozó por todos los los charquitos que habían creado las demás mujeres que hasta allí habían ido. Vamos, que metí las manazas y mi fabulosa rodilla izquierda en tierra fangosa por el meados ajenos. Bonita sensación, ¿verdad?




Pero claro, eso no queda ahí, ahora que miro mi codo derecho pienso que quizás la segunda caída fuera más espectacular. Aquí si puedo decir que me flipé y mucho. La culpa no la tengo yo, la tiene la lluvia de estos días, por supuesto.
Si descontamos alguna salida por San Isidro he estado hecha un ovillo en casa resguardándome de la lluvia cual Gremlin. Por lo que en cuanto salió un poco el sol una mañana me cogí la mochila y los patines y allá que me fui. Cuando llegué a la que llamamos "la curva de la muerte" (todos los que bajáis al Madrid Río sabéis cual es) estaba ya cansada y sudorosa y aunque pensé en atajar me envalentoné y al grito de ¿quién dijo miedo? Me lancé a por ella. Acabó ella lanzándome a mí a base de bien, lo que viene siendo croquetear en toda regla.

No pasaba nada. La dignidad ya me la dejé olvidada hace unos días por las Vistillas. Ahora cuando quedo con la gente y me preguntan recuerdo mis épicas batallas a lo Braveheart.

¿Y a tí? ¿Qué es lo que te escuece?



2 comentarios:

beamijita dijo...

Dimelo a mi querida...que la ultima salida de las adolestreintas primigenias me ha costado dos chichones y una cara de WTF??...Pero en fin...y lo que te ries...

Mariapecs dijo...

Niña violada vol II

 

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